La misión comienza con Dios, no con la iglesia. La primera parte establece ese fundamento teológico; la segunda se ocupa del evangelio que toda misión existe para proclamar; la tercera considera a la iglesia como pueblo enviado y testigo —testimonio, hospitalidad, servicio y una era escéptica—; la cuarta amplía la mirada hacia las naciones.
Cada uno de los treinta capítulos está anclado en la Escritura —Antiguo y Nuevo Testamento—, leída de cerca y en las lenguas originales donde ilumina el texto, con la convicción de que toda la Biblia cuenta una sola historia misionera.
Escrito no por alguien que ha dominado este llamado, sino por alguien que aún lo aprende —aún, muchos días, más Jonás que Isaías—, con la esperanza de que el lector se enamore de nuevo del Dios que envía y descubra que ya es lo que todo creyente siempre ha sido: enviado.