Lee los cuatro Evangelios con un lápiz en la mano y un detalle se vuelve difícil de ignorar: Jesús hace cerca de trescientas preguntas registradas y responde directamente muy pocas de las que le hacen.
No es evasión. Es método. Una pregunta logra algo que una respuesta no puede: devuelve la responsabilidad a quien tendrá que vivir con el resultado.
«¿Qué quieres que haga por ti?», le pregunta a un ciego cuya necesidad es evidente. La pregunta no busca información: es una invitación a nombrar un deseo en voz alta, que suele ser lo más difícil y lo más clarificador que una persona puede hacer.
«¿Y ustedes, quién dicen que soy yo?», pregunta después de escuchar lo que dice la gente. La convicción prestada es cómoda; la convicción personal cuesta algo.
«¿Por qué tienen tanto miedo?», pregunta en medio de la tormenta. La pregunta no niega la tormenta: busca debajo del miedo aquello que se está creyendo acerca de Dios en ese momento.
«¿Quieres quedar sano?», le pregunta a un hombre enfermo durante treinta y ocho años. Suena casi duro hasta que uno reconoce cuántos nos hemos acostumbrado a una limitación y hemos construido una vida a su alrededor.
Por eso las preguntas importan tanto en el coaching cristiano. El consejo, por bueno que sea, deja la propiedad del asunto en quien lo da. Una pregunta devuelve el trabajo a la persona que Dios está formando.
Hay una disciplina práctica en esto. Antes de dar tu opinión en la próxima conversación difícil, haz tres preguntas y resiste el impulso de llenar el silencio después de cada una. La mayoría responde la primera con un guion, la segunda con una explicación y la tercera con la verdad.
También hay una disciplina espiritual. Lleva una de las preguntas de Jesús a tu semana y deja que permanezca sin respuesta un tiempo. ¿Qué buscas? ¿Qué quieres que haga por ti? ¿Por qué tienes tanto miedo?
Estas preguntas no son exámenes que aprobar. Son puertas. Jesús rara vez empujó a alguien a través de una; se quedaba en el umbral y esperaba.
La meta no es dominar una lista de preguntas poderosas, sino llegar a ser alguien que confía lo suficiente en Dios como para preguntar y esperar la respuesta.








