Un hombre llevaba treinta y ocho años junto a un estanque. Jesús se acercó y, en lugar de sanarlo de inmediato, le preguntó algo que suena casi descortés: «Todo esto, ¿quieres ser sano?».
Es la pregunta más incómoda de los Evangelios y también la más útil en cualquier conversación de coaching. Porque querer un cambio y querer la vida que ese cambio exige no son lo mismo.
Observa la respuesta del hombre. No dice sí. Explica por qué no ha sido sanado: no tiene quien lo ayude, siempre otro desciende antes. Cada palabra es cierta. Y cada palabra es también una historia que se ha repetido durante décadas, una historia en la que el resultado depende por completo de los demás.
Casi todos respondemos igual. Pregúntale a alguien si quiere un matrimonio más sano, una vida más disciplinada o una relación restaurada con Dios, y rara vez escucharás un sí o un no. Escucharás circunstancias. Mi pareja no quiere. Mi agenda es imposible. Mi familia siempre fue así. Las explicaciones suelen ser exactas. Casi nunca son toda la verdad.
Por eso Jesús pregunta en vez de suponer. Una pregunta invita a asumir responsabilidad; una suposición produce resistencia. No discute las excusas del hombre, no le da una charla sobre la fe ni le entrega cinco pasos para recuperarse. Devuelve la decisión al lugar donde pertenece: a las manos de quien tendrá que vivir con ella.
Para quien camina con otros —coach, pastor, mentor, amigo— esta es la disciplina que hay que aprender. Cuando alguien describe un problema que ya ha descrito muchas veces, la tentación es resolverlo. Lo más útil es preguntar qué quiere de verdad y luego callar el tiempo suficiente para que aparezca una respuesta real.
La honestidad exige nombrar lo que cuesta sanar. Treinta y ocho años junto al estanque habían construido una vida: un lugar, una rutina, una identidad, una comunidad que lo entendía. La sanidad terminaría con todo eso. Tendría que trabajar, decidir, responsabilizarse, caminar hacia un futuro sin guión. Algunas situaciones de las que nos quejamos son también situaciones alrededor de las cuales hemos organizado la vida.
Así que hazte la pregunta directamente. En el área de tu vida de la que más te quejas, ¿qué tendría que cambiar en ti si mañana mejorara? ¿Qué perderías? ¿Qué ya no podrías seguir justificando?
Fíjate luego en el siguiente movimiento de Jesús. No espera a que el hombre se sienta seguro. Le dice: levántate, toma tu lecho y anda. El deseo se vuelve real en una acción concreta tomada antes de que lleguen las emociones. La sanidad fue instantánea; caminar seguía siendo tarea suya.
El cambio genuino suele empezar con dos frases honestas: «sí, quiero esto» y «esto es lo primero que haré esta semana». Todo lo demás —estrategia, acompañamiento, ánimo— se construye sobre esas dos.
La pregunta no ha envejecido. Se sigue haciendo junto al estanque donde tú llevas tiempo recostado. ¿Quieres ser sano? Respóndela con honestidad y después levántate.








